RECUERDOS. ANTONIO CUARTERO

RECUERDOS

Cuando miras directamente al sol y cierras los ojos, ¿Qué ves?
Yo veo la fuerza del sol, pues puede atravesar ese velo de oscuridad que nos inunda siempre al cerrar nuestras ventanas al mundo. Así de pronto esa oscuridad se convierte en un arco iris de anaranjados, rojos, amarillos y ámbares. Y si continúas varios minutos así, al abrir tus ojos, el mundo parece que resplandece de color, que está intensificado con una fuerza casi dolorosa, como si los colores se hubiesen vuelto el doble de brillantes. Pero estos instantes pasan rápido, como la vida misma.

Abro los ojos, el sol me está dando en el rostro, estoy tirado en el suelo.

Me levanto de un salto. Tengo que correr. Comienzo una huida desenfrenada sin ton ni son. Sólo corro, corro y corro. Sin mirar atrás, sin mirar a ningún lado que no sea con el rostro vuelto al sol.

Pronto comienzo a resollar. Poco después mi respiración es entrecortada. Pero tengo que correr, correr y correr. Mi respiración pronto se convierte en un gemido. Caigo al suelo. Los oídos me pitan, noto el sabor de la sangre en mi boca. Oigo un chasquido metálico, un sonido indescriptible e inigualable y que muchos conocen a la perfección, como yo. El chasquido del cerrojo de un arma al abrirse y cerrarse. Tengo que correr, correr, y correr. Pronto oigo los disparos y también oigo el chasquido del cerrojo que escupe inservibles casquillos.

Abro los ojos, el sol me está dando en el rostro, me levanto para sentir de pronto como el mundo gira a mi alrededor trescientos sesenta grados y luego se para. El sabor de mi boca es asqueroso, mi lengua parece dos veces su tamaño y no se que hacer con ella dentro de mi boca. Necesito beber. Camino, voy pasando de una fila de baldosas a otra. Y parece que el mundo gira mas lentamente que mi vista, pues cada vez que giro la cabeza el mundo sigue mi mirada con cierto retraso. Me duele el estómago. El sol sigue dando en mi cara mientras camino, al menos esto es un alivio. Llegó a la puerta de mi casa. Me paró. Estoy cabreado. Mi puño se estrella contra la puerta. Noto como la madera se parte, al igual que mis huesos.

Abro los ojos, el sol me está dando en el rostro. Noto que tiran de mi mano, miró hacía abajo. Mi pequeña con sus dos esferas, verde y azul, me mira esperando a que actúe. Su madre le está regañando, intento prestar atención a lo que está diciendo, pero es tal sarta de tonterías que me es imposible concentrarme. Vuelvo a cerrar los ojos mientras el sol baña mi rostro.

Vuelve a tirar de mi mano, ahora sus ojos bicolor me imploran que actúe, está a punto de llorar. Sus ojos me dicen que no entiende que ha hecho mal. Su madre gira un momento para mirar hacía atrás. Yo aprovecho para guiñarle un ojo y hacerle una mueca con la boca como si estuviese loco. Sus ojos se agrandan y sonríe. Ya está preparada para lo que sea.

Abro mis ojos, el sol me está dando en el rostro. Ella está conmigo. Vuelvo a cerrarlos un instante para saborear este momento. Un fuerte rayo de sol entra por la ventanilla del coche. Me hallo tendido boca arriba en el asiento de atrás, ella reposa sobre mí. Duerme.

Durante unos instantes vuelvo a cerrar los ojos y dejo que el sol bañe mi rostro.
Rizo su pelo entre mis dedos. Ella despierta y me sonríe, tiro suavemente de sus cabellos atrayéndola hacía mi boca.

Cuando miras directamente al sol y cierras los ojos, ¿Qué ves?

Ahora los abro y sólo veo a un viejo, sentado en un banco, con un bastón a su lado, dejando que el sol caliente su rostro... y los recuerdos, su corazón.
Antonio Cuartero Naranjo.

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